Ponedora: La Gallinita
Al amanecer, Manuel entró al gallinero esperando encontrar el huevo de cristal que le habían encargado desde el palacio. Pero, para su sorpresa, solo encontró huevos blancos y marrones, sencillos y honestos. Buscó y rebuscó, pero la magia parecía haberse esfumado. Una nueva libertad
La fama de la gallinita ponedora se extendió más allá de las colinas. Llegaron mercaderes de tierras lejanas ofreciendo sacos de diamantes por un solo huevo de color carmesí. Manuel, que antes era un hombre sencillo, empezó a construir muros más altos y a comprar candados de plata. La granja, que antes resonaba con risas y el aleteo libre de las aves, se volvió silenciosa y tensa. La Gallinita Ponedora
El granjero, tras semanas de frustración, comprendió que había presionado demasiado a su pequeña amiga. Quitó los muros, despidió a los guardias y volvió a dejar que las gallinas corrieran por el prado. Al amanecer, Manuel entró al gallinero esperando encontrar
Canelita ya no disfrutaba de sus baños de arena ni de las lombrices frescas después de la lluvia. Se sentía como una máquina de tesoros, vigilada día y noche por guardias que no entendían que su "magia" venía de su alegría, no de una fórmula secreta. La rebelión de las plumas Una nueva libertad La fama de la gallinita
Cada vez que Canelita sentía ese cosquilleo en el nido, el granjero Manuel se preparaba con una cesta forrada de terciopelo. No era para menos, pues los huevos de Canelita no servían para hacer tortillas; eran obras de arte en miniatura. Algunos tenían cáscaras que brillaban como el zafiro, otros estaban grabados con mapas de ciudades que nadie conocía, y los más raros de todos, según contaban en el pueblo, contenían melodías que solo se escuchaban al acercar el oído a la superficie lisa. El dilema de la abundancia